Info sobre ZP. Más adelante pondré una entrevista que le hicieron (si la encuentro).
Hace tiempo que quiero indicar una cosa buena de Mariano Rajoy (la primera; por eso quiero ponerla). Creo que era con motivo de que pidió a sus compañeros de partido que mesuraran sus declaraciones, que estaban fuera de tono. Aún dando a entender que tuvieran motivos o no fuesen ellos los únicos culpables... ---> algo "correcto" que le oigo [BRAVO, por fín!!]
No voy a votar a Zapatero, votaré a Montilla (por si a alguien le importa). Llegué a pensar en votar a Carod (soy de Catalunya) pero tanto rollo del PP supongo que ha hecho mella en mí y ya estoy quemado. Carod me sigue gustando como político porque al menos tiene ideales y los intenta llevar a cabo. Igual que Zapatero y espero que Montilla (a este le avala su gestión en un ayuntamiento como alcalde -los ciudadanos no quieren que se vaya, creo- y "buenas sensaciones" que me da (ese sí que es un motivo de peso para votar a alguien XD. Perdóname Vomitante ;D) .
Sigo pensando que Carod no pidió tregua sólo en Catalunya (aunque bastantes cosas -exceptuando su palabra- así lo indican). Sino lo encontraría bastante indigno... claro que si él es independentista lo primero es su país y luego los demás, claro...
Una cosa que dijo Lux es irrefutable: "Que yo sepa, el estado español tiene su presidente electo por mayoría absoluta, que ni siquiera quiere oír hablar de reuninones........... QUE SE JODAN.... y que no voten a quien no tienen que votar."
¿Cómo me puedo haber levantado hoy a las tres del mediodía??
El socialista tranquilo
El número uno del PSOE es una de esas raras personas que consiguen reemplazar en la vida real al personaje que idolatraron en su adolescencia. La emulación de la figura de Felipe González y el poderoso legado familiar de compromiso político explican la trayectoria de José Luis Rodríguez Zapatero y contribuyen a desentrañar los secretos del alma de este hombre tranquilo que el 14 de marzo se presenta a las elecciones. El reportaje es de José Luis Barbería y aparece en la revista dominical de El País.
Era un niño tan bueno que ni siquiera en eso exageraba. Ahí está, a sus cuatro años, en la puerta del colegio de las Discípulas de Jesús, en León –el mismo en el que estuvo Mariano Rajoy–, esperando a que su madre venga a recogerle. “Tienes los ojos turbios”, le dice esa mujer que le coge en brazos y le besa. Y no se sabe si José Luis ha llorado porque le han pegado en el patio, porque la monja le ha reñido o por qué. Son los primeros recuerdos del candidato socialista a la presidencia del Gobierno. Hay también un coche de pedales rojo que le trajeron los Reyes y el tecleo nocturno de la máquina de escribir de su padre que penetra en su habitación como una melodía lejana, reconfortante, invitándole a rendirse al sueño.
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Pero, por encima de todo, está el desván de la casa de la abuela Josefina, poblado de recuerdos de aventuras y temores infantiles; un espacio mágico, aprensivo. De esa casa con huerta y gallinas salió el 20 de julio de 1936, para no volver, el capitán del ejército republicano Juan Rodríguez Lozano, detenido por los facciosos esa misma mañana en el Gobierno Civil de León y ejecutado en la prisión de San Marcos un mes más tarde. Es una referencia trascendente porque, en el caso que nos ocupa, la savia ideológica y el testimonio trágico de la historia no llegaron a agostarse ni a desaparecer en las fosas comunes de la dura tierra española.
José Luis Rodríguez Zapatero (Valladolid, 4 de agosto de 1960) tuvo una infancia feliz mecida en la complicidad amorosa de su madre, una persona psicológicamente austera; sin embargo, de la que heredó la resistencia a verbalizar las emociones, así como el cabello rubio y los ojos azules característicos de la rama vallisoletana de la familia. Pasó su infancia y adolescencia en la seguridad de una familia de clase media, sin agobios ni problemas, bajo la tutela protectora de su padre, Juan Rodríguez, director de los servicios jurídicos del Ayuntamiento de León y decano del Colegio de Abogados. A los 11 años, tras superar unas fiebres de Malta que le mantuvieron apartado de toda actividad durante dos meses, aquel niño gordito y tranquilo que veraneaba en Luanco (Asturias) y en Gijón entró en una fase de metamorfosis: dio un gran estirón; se hizo con un cuerpo delgado, fibroso, y acentuó su personalidad seria, reservada.
Jugaba al fútbol con su hermano Juan en el pasillo de casa y más tarde en las eras de San Andrés del Rabanedo, donde mostró una gran disposición a suplir con la teoría de la organización táctica del juego sus evidentes lagunas técnicas. Una pena, porque, aunque era mejor en el baloncesto, él habría preferido jugar bien al fútbol. Tampoco su breve incursión en el mundo del kárate y de las artes marciales, truncada por una fractura de muñeca, le permitió superar su aversión por el choque físico violento. Lo que hacía muy bien era imitar delante del espejo a personajes famosos, una galería de la que con el tiempo llegaron a formar parte el entonces presidente de las Cortes, Landelino Lavilla, y el propio Felipe González, sus mejores caracterizaciones. “A estos dos los bordaba”, apunta su hermano.
De ahí nace la leyenda, aventada por amigos y enemigos, de que José Luis Rodríguez Zapatero siempre supo que estaba llamado a sustituir a Felipe González. Aunque nadie recuerda haberle oído decir nada semejante –demasiado pudoroso e inteligente para estos alardes–, lo cierto es que muchos de sus seguidores leoneses le vaticinaron tempranamente ese destino. “Sobresalía en todo, siempre supimos que llegaría muy lejos”. Tampoco él hizo gran cosa por acallar esas voces que en los oídos de los históricos del PSOE local sonaban escandalosas, blasfemas.
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Desde que en agosto de 1976, con los partidos aún sin legalizar, asistió al mitin de Felipe González en Gijón, Zapatero supo que su familia política era el PSOE, y su líder, aquel andaluz de patillas y chaqueta de pana que, literalmente, le había encandilado. Tenía 16 años, pero la fascinación por el secretario general de los socialistas perduró en él durante muchos años. Todavía hoy sigue rindiéndole tributo reproduciendo algunos de los ademanes y de las voces abovedadas y alargadas propias de la liturgia oratoria de González. Y eso que ya ha conseguido liberarse de la poderosa sombra de Felipe. Lo ha hecho como siempre: dejando que los amigos comunes le prepararan el terreno, utilizando sus dotes seductoras en la distancia corta, entablando una relación personalmente afectuosa que González corresponde con regalos a las hijas de Zapatero y alguna escultura hecha de su propia mano.
Aquel chico razonable, poco conflictivo, bastante hipocondriaco, que no se ha pegado en su vida –inútil buscar en su biografía una barrabasada, una anécdota que le caracterice rotundamente–, rehuía el enfrentamiento físico y hasta el psicológico, pero ya mostraba una gran habilidad táctica para aprovechar los movimientos de los contrarios. “Aunque soy cuatro años mayor que mi hermano, en los juegos y en los conflictos con mis padres el que perdía era yo. José Luis se las ingeniaba para sacar provecho de mi mayor disposición al enfrentamiento directo”, confirma su hermano Juan. Y su padre corrobora: “Siempre conseguía salirse con la suya, hacía lo que quería”.
Hay un enigma Zapatero –ya dice su mujer, Sonsoles Espinosa, que no existen los zapaterólogos– creado por el exagerado autocontrol emocional del candidato socialista, por su carácter personal inescrutable y, por tanto, imprevisible. Es un enigma que ni sus antiguos compañeros, amigos y familiares han conseguido desvelar. Y eso que también ellos agradecerían un rasgo de debilidad; un golpe de temperamento, de nervio, que le homologara con el resto de los humanos, que disolviera su aparente frialdad y galvanizara ese físico de buena planta, pero falto quizá de expresividad y relieve, de calor. Porque el premier británico, Tony Blair –un espejo en el que Zapatero se mira de reojo–, resulta incluso un político meridional, por contraste con el carácter nórdico del líder socialista español.
¿Qué hay detrás del rostro amable y sonriente; de esa pantalla invisible, impenetrable, tejida con formas suaves y afectuosas, hecha de silencios y de una autodisciplina que le permite ocultar sus emociones y sentimientos, resguardar su intimidad de las miradas ajenas? No se trata de hurgar en esos recovecos últimos del alma humana que ni siquiera nosotros mismos nos atrevemos a mirar. Es que lo que Zapatero protege de la curiosidad ajena parecen más bien amplias estancias interiores que se adivinan iluminadas y perfectamente ordenadas y acondicionadas. Así que la pregunta guarda todo su sentido: ¿quién es, en realidad, el secretario general del PSOE y candidato socialista a la presidencia del Gobierno de España?
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No cuenten con este hombre para hacer locuras. Él no ha cambiado demasiado desde que dejó la universidad, sostienen sus antiguos profesores y compañeros de aula de León. “Aparenta lo mismo que era: una persona responsable, reservada, que meditaba sobre todo y que sólo se lanzaba a actuar si tenía las cosas controladas. Ejercía un cierto liderazgo, pero le veíamos demasiado equilibrado. No nos acompañaba en las locuras, aunque igual es lo mejor para este país nuestro”, comenta Aurelia Álvarez, actual vicedecana de la Facultad de Derecho. Lo más extravagante que se recuerda de la pareja es una rara escena en la que los dos están sentados en el suelo de una discoteca tomando una cerveza. “Ojo, no significa que estuvieran borrachos, ¿eh?, igual es que no había un sitio mejor para sentarse”, apunta un antiguo compañero. No parece un gran bagaje para unos años que sus amigos recuerdan como una etapa de cierto desmadre con frecuentes cambios de pareja en la cuadrilla.
Zapatero nunca alardeó de nada, y eso que sus ojos azules ejercían un poderoso magnetismo sobre algunas universitarias que se dejaban caer por el bar Montañés cuando el grupo de Zapatero optaba por pasar del estudio para aplicarse al mus o al tute. Sin estudiar demasiado –según sus profesores, Zapatero no iba a sacar nota, se limitaba a concentrarse en los temas que le interesaban– consiguió un buen expediente académico poblado de sobresalientes y notables. Estaba ya tan enfrascado en los asuntos políticos –era secretario de las Juventudes Socialistas de León– que las propias amigas de Sonsoles propagaron la idea de que se estaba ganando a pulso el epíteto de Sosomán. No es así exactamente. Pese a que su actitud reservada, su figura y su aire algo desgarbado parecían avalar esa impresión, el joven Zapatero –conocido igualmente por el apodo cariñoso de Papes, una marca de zapatos que se anunciaba con un perro grande y tristón– podía también llegar a ser irónico y guasón.
Al terminar la carrera, el decano le propuso quedarse a dar clases, y él aceptó tras acabar su tesina sobre el estatuto de autonomía de Castilla y León. Sus clases de segundo de Derecho Constitucional contaban con una asistencia femenina extraordinaria. “Las tenía locas, venían de todas partes a verle”, dice Aurelia Álvarez. Cuando lo tenía todo a favor para hacer el doctorado y asegurarse una plaza en la universidad, Zapatero dejó bruscamente las aulas para dedicarse en exclusiva a la política. Lo hizo contra el criterio general de su familia; de su maestro, Manuel García Álvarez, hoy Procurador de lo Común (Defensor del Pueblo), y de sus amigos. Como era candidato al Congreso –con 26 años fue el diputado más joven–, no tuvo problemas para obtener la prórroga del servicio militar.
Habría sido abogado o profesor universitario en León si no hubiera estado desde niño en el secreto de la historia. Zapatero sabía de la existencia de una vida política distinta, de otra sociedad, de otra cultura, cuando el franquismo parecía poder congelar el tiempo. En los últimos años de la dictadura, el decano del Colegio de Abogados de León convocaba a sus dos hijos a una charla familiar, casi siempre nocturna, para familiarizarles en el debate y la reflexión sobre los asuntos de actualidad, aleccionarles sobre la historia de los desastres de España y abrirles ventanas al futuro.
Aunque asistía generalmente en silencio a esos encuentros familiares, el adolescente Rodríguez Zapatero adquirió entonces la, podríamos decir, desbocada pasión política que le condujo a la secretaría general del PSOE. Así supo que su familia pertenecía a la España derrotada, que su abuelo había sido fusilado por permanecer leal a la República, y que, en palabras de su padre, ser de izquierdas se resumía en tener una actitud honesta ante la vida y estar dispuesto a defender a los más débiles. Tenía sólo 15 años cuando murió Franco, pero para entonces su padre había completado ya la transmisión familiar de valores. Un año antes, en una de esas charlas, su padre les había desvelado el testamento político que el capitán Lozano dejó escrito de su puño y letra horas antes de su ejecución. Es esto lo que dice: “Para tranquilidad de su esposa y familia, declara creer en la existencia de Dios; rechazando su conciencia en cambio, los ritos humanos. Su fe en el Ser Supremo es firme. A Él encomienda su alma de creyente que procuró siempre tener limpia de faltas, y a Él también encomienda la felicidad de su esposa e hijos. A Él, en este momento de abominables pasiones, pide la paz de España y de la Humanidad. Muere inocente y perdona. Pide a su esposa e hijos que perdonen también. Que cuando sea oportuno se vindique su nombre y se proclame que no fue traidor a su Patria, y que su credo consistió siempre en su ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes”.
Ese testamento ocupa la parte noble de las estancias ideológicas del secretario general del PSOE, es el capital particular que vindica. Dispone de un santuario propio en el alto de Aralla, en el límite con Asturias: una escultura levantada junto a los restos de la antigua trinchera republicana que lleva el nombre del abuelo de Zapatero. “Trinchera del capitán Lozano. Apunta bien miliciano y defiende la República”, reza la leyenda que un combatiente escribió con el dedo en el cemento antes de que éste cuajara.
El padre del candidato a la presidencia de España pudo estudiar la carrera de derecho gracias a la ayuda económica de un médico amigo de la familia. Pese a llevar consigo el estigma de los derrotados, Juan Rodríguez logró escalar profesionalmente en la España franquista sin renunciar al papel de albacea testamentario del legado paterno. En este hombre al que todo el mundo presenta como sensato, prudente, buen abogado y mejor persona, aunque “sin talento profesional para ganar dinero”, se mira íntimamente el candidato socialista a La Moncloa. Si se le pregunta cuál es la persona a la que más admira, José Luis Rodríguez Zapatero responderá gravemente: “Adoro a mi padre”.
Es un amor correspondido que ata a los tres hombres de la familia Rodríguez sobre el vacío de la madre, Purificación Zapatero, muerta el 30 de octubre de 2000. “Recuerdo muy bien a los tres hombrones derrumbados sobre la cama de la madre, ya moribunda. Aquello me impactó porque vi que en esa unión familiar había algo muy profundo”, dice el médico leonés Francisco Fructuoso. “Fue tremendo ver tan conmovido a José Luis Rodríguez Zapatero”.
La política y la familia son las únicas pasiones del candidato socialista a la presidencia. El periodista podría matizar: “las únicas pasiones conocidas”; pero es tan abrumador el testimonio de los que saben cómo es que el añadido parece no tener sentido. Le gusta la pesca de la trucha –Zapatero sueña estos días que gana las elecciones y se va con sus amigos a pescar al río Porma o al Órbigo–, andar por el monte, leer literatura latinoamericana: Cortázar, García Márquez y sobre todo Borges; pero ninguna de estas aficiones adquiere, ni de lejos, la categoría de pasión.
Pese a que, como dice uno de sus amigos, nunca se sabe lo que pasa de cintura para abajo en los hombres, no hay nadie dentro y fuera de su círculo de amistades capaz de dar crédito a la posibilidad de que José Luis Rodríguez Zapatero pueda tener una aventura, un desliz, un exceso, un arrebato. Es un tipo sin debilidades. No bebe, le gusta la coca-cola y sólo come para alimentarse. “Le das un plato de sopa sin sopa y se la toma sin dejar de hablar de política”, dice un amigo suyo. ¿No es increíble que nunca nadie le haya visto dar una voz, un puñetazo en la mesa?
Más todavía: las secretarias que le han tratado durante sus 26 años de vida política aseguran que jamás han recibido un mal gesto de su jefe. Hay ahí auténticas apologías de la persona de Rodríguez Zapatero, y no parece haber impostura en estos testimonios redundantes. “Establece una relación de compañerismo, no de jefe y subordinada. Como secretario general, nunca me dio una voz”, dice Eva Zotes, secretaria de la agrupación de León. “Si te corrige, lo hace en plan pedagógico. Se gana a la gente escuchándola. Es su método de trabajo. Una vez, en una trifulca interna del partido, yo salté contra un compañero diciendo: ‘Eso es mentira’. Él intervino y me dijo suavemente: ‘No digas que es mentira, di que no es cierto y así le dejas a la gente la posibilidad de rectificar o de razonar’. Se aprende mucho con él y es un gran estratega. Sabe pactar para conseguir el poder, lo lleva en la sangre. Saca partido de las debilidades y virtudes de la gente que tiene alrededor, y tiene una tranquilidad pasmosa”.
Lo que parece evidente es que su temple, condición ciertamente indispensable para el ejercicio de la política de alto nivel, va acompañado, en su caso, de una pobre disposición para transmitir sus emociones. Eso no significa que el líder socialista sea necesariamente una avefría de los sentimientos. A Zapatero le han visto emocionarse al borde de las lágrimas en los funerales por los compañeros asesinados por ETA, hacer gestos de cariño envueltos en la mayor de las discreciones, turbarse profundamente ante acontecimientos trascendentales. Ocurrió la noche en la que Aznar le comunicó que el inicio de los bombardeos sobre Irak era cuestión de horas, cuando fue proclamado secretario general del PSOE en el mitin de Las Ventas de Madrid, durante la crisis de los diputados tránsfugas madrileños…
Se afilió nada más alcanzar la mayoría de edad, a los 18 años, sin haberlo consultado con su padre ni con su hermano, que en aquellos tiempos andaba en la órbita del PCE. Lo primero que hizo el militante socialista Zapatero fue acompañar a la dirección provincial de su partido al cementerio para depositar una rosa en la tumba del primer alcalde socialista de León, Miguel Castaño, fusilado en 1936. Allí conoció al entonces secretario general de la provincia, Maximino Barte, y a algunos históricos del socialismo leonés: José Álvarez de Paz, Dionisio Nicolás, Alberto Fernández…, que vieron en Zapatero al mirlo blanco que necesitaba el partido.
“Como tenía la vitola de ser nieto del capitán Lozano y capacidad de improvisación, los socialistas históricos me adoptaron y auparon enseguida”, dice el líder socialista para explicar su irresistible ascensión a la cúpula. Tenía mucho más: una preparación política sorprendente para su edad, un estilo afectuoso y atento, capacidad estratégica, intuición, y sobre todo una vocación política extraordinaria. Porque el tímido que habitaba y habita todavía en José Luis Rodríguez Zapatero –“es particularmente tímido con las mujeres de carácter fuerte”, dice un conocido suyo– se transforma en un animal político, en un verdadero estajanovista para el que no existe otra cosa que el quehacer político. Un día, Zapatero le confesó a Maximino Barte: “Me gusta la política tanto o más que a ti”, y aquello fue el anuncio de que con el tiempo terminaría sustituyéndole al frente del partido en León.
Llegar a ser secretario general de una organización particularmente convulsa como la del socialismo leonés –no digamos nada del PSOE– no está, por supuesto, al alcance de una persona corriente. Hacen falta recursos y astucia, capacidad de actuación, mucho trabajo y ambición política para superar el largo camino de obstáculos e imponerse a los contrincantes. Es una pelea que siempre deja cadáveres políticos, junto a una estela de resentimientos ilustrativa, en general, del aspecto más pedestre de la política. “Zapatero debe de tener algo así como un 10% de lado oscuro”, calcula uno de sus antiguos correligionarios críticos.
Su supuesto punto negro se resume en el Pacto de la Mantecada, así llamado porque se fraguó en Astorga, en 1989, en el hotel Gaudí. Fue un golpe de mano que le llevó al joven Zapatero a hacerse con la secretaría provincial gracias al apoyo de la corriente que encabezaban Daniel García y los responsables locales de Ponferrada, Conrado Alonso Buitrón, y de Villablino, Pedro Fernández. “Aquello fue un pacto contra natura, porque él formaba parte de la ejecutiva y sólo teníamos diferencias sobre los candidatos a la diputación”, sostienen sus críticos. “Fue un paso inevitable”, responden sus seguidores, “porque Zapatero contaba con el apoyo de la mayoría de la militancia, y, de hecho, si lo hubiera querido, habría podido ser secretario general mucho antes”.
Sea como fuere, el Zapatero forjado en las crisis del PSOE de León es un político hábil, sí, pero también expeditivo, frío e incluso implacable cuando se trata de defender las posiciones propias o sabotear las ajenas. Que se lo digan si no a los que montaron las falsas afiliaciones de Villablino. El ya secretario general del PSOE de León desmontó el tinglado facilitando a los periodistas los nombres de los supuestos nuevos afiliados, algunos fallecidos. Porque los epítetos de Bambi y Zapatitos que le regalan sus críticos no dejan de ser una broma cosmética que conduce directamente al equívoco, que ignora la fortaleza emocional del personaje y su carácter ganador. “A sus adversarios los mata bien muertos, aunque no hace más daño de lo que considera necesario y siempre trata de salvar la relación personal”.
Curiosamente, ésta es una afirmación compartida por amigos y enemigos del actual candidato a la presidencia del Gobierno. Y por lo mismo, no es fácil encontrar en León a adversarios suyos dispuestos a hacer sangre de él. “A mí no me gusta, pero tampoco quiero hacerle daño, quiero que gane”, dice un antiguo militante socialista que añora a los líderes históricos del socialismo español.
“Estoy deseando que pierda, pero hay que reconocerle que es un hombre muy capaz y serio, todo un caballero”, apunta Juan Morano Masa, antiguo alcalde de León por el PP. “Cuando me destituyó de mi puesto, me dijo que siempre podía seguir contando con él en el plano personal. Parecía un sarcasmo, y, sin embargo, era verdad porque luego nunca me ha fallado como amigo”, indica un responsable político de León.
Maximino Barte, uno de los mayores damnificados por la meteórica ascensión del líder socialista, cuenta que Zapatero invitó a comer a una serie de antiguos miembros de la ejecutiva provincial de León poco después de convertirse en el número uno del PSOE. “Nos dijo que algunas de las cosas que había hecho en su vida le habían dejado mal sabor de boca, y que una de ellas era la manera en que tumbó aquella ejecutiva de la que habíamos formado parte. Nos pidió excusas por las formas. Me pareció sincero porque él no actúa con doblez ni es un oportunista”, dice este hombre, que duda de la consistencia del pensamiento político de Zapatero sin dejar de reconocerle cualidades de buen parlamentario y una gran capacidad para representar al partido, para adaptarse a las circunstancias, para pactar y armonizar.
Esto último lo demostró en los prolegómenos del 35º Congreso, cuando, tras el fracaso electoral de marzo de 2000, los diputados de segunda fila vieron en él al elemento idóneo para encabezar la corriente renovadora Nueva Vía. Tenía una trayectoria brillante: secretario general de las Juventudes Socialistas de León a los 18 años, secretario general de esa capital a los 22, diputado más joven de España a los 26, líder del socialismo leonés a los 28. Tenía, además, una brillante trayectoria parlamentaria; pero, probablemente, él fue el único que creyó de verdad en sus posibilidades de alcanzar la secretaría general del partido. Él y sus correligionarios leoneses, que tienen una fe ciega en sus posibilidades, en que es un caballo ganador, en que tiene virtudes especiales; la baraka, que dice su padre.
Tomó las riendas del partido en un momento en el que los socialistas seguían sintiéndose vilipendiados por el PP y clamaban pidiendo vendetta: pagarle a la derecha con la misma moneda de ataques emboscados y descalificaciones. Esperaban a un samurái de cuchillos afilados y se encontraron con una suerte de monje tibetano de la política que predicaba la paciencia, que venía a decir que la moderación puede ser revolucionaria. Su iniciativa de proponerle al PP un pacto antiterrorista hizo chirriar las cuadernas del PSOE, un escándalo interior que llevó a alguno de los barones a lanzarle un ultimátum. Nada serio. Entonces, como ahora, Zapatero ha terminado amansando y encauzando las aguas turbulentas. Para exasperación, a veces, de algunos de los que le rodean, evita permanecer en el terreno de lo visceral; busca enfriar los ánimos, salirse de la dialéctica del guerracivilismo español, hacer política. Tarda demasiado en tomar algunas decisiones, dicen de él, pero es que se lo piensa, consulta y medita mucho antes de actuar. Tiene un estómago político rumiante.
Aunque ya cuenta con incondicionales, sabe muy bien que en el PSOE nadie es reconocido plenamente como líder hasta que gana las elecciones. “Es un boxeador de 15 asaltos, de esos que pasan con apuros los cuatro primeros y luego terminan imponiendo su media distancia”, resume Manuel García Álvarez, su antiguo maestro de Derecho Constitucional. Ciertamente, Zapatero nunca ha perdido un congreso, de ahí su vitola de apuesta ganadora, pero debe demostrar que puede imponerse a la derecha. Como tantos otros políticos españoles, tiene el déficit de su falta de experiencia en la gestión empresarial, un pobre manejo de los idiomas y escasa andadura internacional.
En los tres años que lleva al frente del PSOE ha redoblado su fe en el poder del discurso político, hasta el punto de que atribuye a las palabras un efecto transformador, casi demiúrgico. “Pienso mucho cada palabra que voy a decir, quiero que cada frase sea una idea”. Su discurso en el 35º Congreso del PSOE –que ensayó concienzudamente la noche anterior en su habitación del hotel– fue determinante para ganar esos nueve votos de diferencia que le dieron la victoria sobre su contrincante José Bono. Hay una pregunta clave que se hacen también muchas de las personas que pertenecen a su círculo afectivo. ¿Por qué el secretario general del PSOE no tomó medidas drásticas en la crisis de los tránsfugas de la Federación Socialista Madrileña? No le faltaron invitaciones y presiones para que sacrificara políticamente algunas cabezas ante la opinión pública, pero Zapatero no hizo nada.
Ésta es la explicación que ofrece en el transcurso de una charla prolongada más allá de lo previsto, a despecho de los teléfonos que suenan y de las repentinas irrupciones de sus colaboradores que asoman repetidamente la cabeza por la puerta de su despacho. Zapatero no parece tener prisa, pero aunque su rostro se mantiene apacible, una de sus piernas se mueve continuamente, y de vez en cuando sus manos se entrelazan, nerviosas, como si estuvieran amasando una idea que hay que depurar hasta dejarla en el núcleo. En ocasiones subraya sus palabras posando cordialmente una mano en el brazo de su interlocutor. “Yo no puedo tomar decisiones injustas, y, en el caso de Madrid, cualquier decisión habría sido eso, injusta”, dice, “porque la responsabilidad no era individual. El PSOE no es un partido de ordeno y mando en el que se sacrifica a la gente para soltar lastre”.
Las tres grandes cuestiones que preocupan al candidato socialista son la vertebración de España, la inmigración y el terrorismo. “Por culpa de las dictaduras, el Estado español no ha conseguido históricamente hacer nación en muchos rincones de España. La diversidad es un valor consustancial que hay que saber liderar para poder unir. El elemento central que fortalece nuestra cohesión es nuestra pertenencia a la Unión Europea”, señala.
–¿Y cómo hay que abordar el fenómeno de la inmigración?
–El otro día llegó al colegio público en el que estudia mi hija pequeña una niña marroquí que se llama Iman. Le dije a mi hija que tenía mucha suerte porque, como esa compañera suya llega de otra cultura, otro país, seguro que es interesante y enriquecedor para todos nosotros. Ella entendió el mensaje.
–¿Hay que vender mejor España en Euskadi?
–Hay que vender una España democrática y comprensiva con los ideales de Euskadi. La Unión Europea nos da una oportunidad. Soy optimista, veo una vía de arreglo para acabar con la violencia. Es un pasillo estrecho, pero tiene una salida.
La incógnita pendiente que queda por despejar es dónde desagua sus malos humores este hombre que no levanta la voz ni se enfada en ningún sitio, dónde descarga las enormes tensiones que tiene que generarle su actividad. “Estoy a gusto conmigo mismo, y también con mi familia y mis amigos. Además, salvo en situaciones dramáticas, como la guerra de Irak, duermo perfectamente. Eso hace que me enfade muy poco: alguna discusión matrimonial, alguna riña a las niñas…, poco más. Créame, soy completamente transparente. Esto es lo que hay”.
Los que han trabajado con él, han aprendido que el silencio es su respuesta preferida cuando algo le disgusta. El silencio y el levantamiento casi imperceptible de una de esas cejas que les traen a mal traer a los expertos en imagen porque le dan al candidato un toque de gran severidad, de malignidad incluso, que contrasta mucho con su rostro más bien amable, de sonrisa fácil.
Le comento que el poder transforma a la gente, y sin dejar de darme la razón me contesta: “No sufriré ninguna transformación personal si llego a la presidencia de España, se lo aseguro”. Pese a que Zapatero no da la impresión de estar atacado por la ansiedad, al periodista le queda la duda de si su compromiso de que sólo gobernará en el caso de que sea el candidato más votado no responde, precisamente, al juego táctico del momento, al propósito de desencadenar a su favor la movilización general de la izquierda. Sostiene que no, que ese compromiso responde más a los principios que a la táctica, que la democracia tiene leyes no escritas, y que, en buena ley, para sentarse en La Moncloa hay que haber llegado primero y haber superado todas las pruebas. El candidato socialista a la presidencia de España camina a grandes zancadas; sin atajos, pero en línea recta. Uno se pregunta qué número calza este Zapatero.
Fuente PERIODISTA DIGITAL (antiPP)
Un personaje interesante.
Joder, admito que no he tenido paciencia para leerlo todo, aparte de que me es imposible acallar la vocecita de "le está dando coba, le está dando coba"... porque realmente se la está dando... otra cosa es que sea con razón, y eso, como bien dijiste hace algunas semanas, Pablo, se le nota a uno en la cara. Y a propósito, sobre el Montilla..
"(a este le avala su gestión en un ayuntamiento como alcalde -los ciudadanos no quieren que se vaya, creo- y "buenas sensaciones" que me da (ese sí que es un motivo de peso para votar a alguien XD. Perdóname Vomitante ;D)
..creo que hay que fiarse de esas intuiciones -ojo, si realmente lo son, y no son producto de pensamientos elaborados -una sonrisa que te recuerde a la de tu padre, por ejemplo. A mí Zapatero me da esas "buenas vibraciones", aunque no comulgue con la ideología política del PSOE. Simplemente creo que esa persona vale -éticamente, por llamarlo de alguna manera-, y eso al final, en un presidente, del partido que fuera, acaba contando. Aznar nunca me ha transmitido esa sensacion. Y tengo que decir que Montilla tampoco :P Aunque hay grados.
Y sobre Carod.. cuanto más sale hablando, menos confianza me inspira. Parece que pueda salir por cualquier lado, imprevisible. No dudo que tenga ideales, pero se me cayó el alma al suelo cuando lo vi por la tele, el dia que se montó el pollo con el titular del ABC, en una concentración de gente que fue para apoyarle. Él andaba saludando a los que lo jaleaban, sonriendo, pero manteniendo una pauta común en el saludo. Cuando vió un chaval negro entre la gente, fue hacia él para propinarle un efusivo abrazo -cámaras, acción- con la misma sonrisa de plástico. No le salió para nada de dentro.
Bueno, y para rematar parece que ni el no querer a un PePero dirigiendo el cotarro consigue quitarme el miedo a votar. Y mira que me joderán 4 años de Marianín.
Ahivalaostia.
YO QUIERO MAS QUE DAR MI OPINION QUE ALGUIEN ME DIGA POR FAVOR QUE PUEDO HACER PARA QUE MI PERRO QUE ES UN CRUZE DE UN BOXER Y UN PERRO CHUSCO SEA BRAVO ES JUGUETON COMO TODO BOXER PERO QUE HAGO PARA QUE SEA BRAVO Y NO JUGUETON Y MIEDOSO AYUDENME POR FAVOR LA RESPUESTA A MI CORREO IOSONOMERCEDES@HOTMAIL.COM
estoy hasta los cojones de tanto politiqueo