"Josu Erkoreka -un ejemplo de discurso bien hecho-"

el hombre máquina Josu Erkoreka -un ejemplo de discurso bien hecho-

Josu Erkoreka, del PNV, hizo ayer un discurso brillante, a mi juicio, en el debate de investidura. Más que un discurso -no miraba apenas sus folios- fue un ejercicio de oratoria.

No lo conocía de nada. Se le ve hipermegarecontraescéptico jeje, con motivo supongo, pero me gustó. Y muy crítico además, extremadamente crítico con el nuevo Presidente. Eso es bueno.

Pongo aquí su discurso para recordarlo. Sólo está su primera intervención, no las dos siguientes réplicas a Zapatero.

El Discurso

Señorías, señor Rodríguez Zapatero, resulta cabalmente imposible fijar una posición argumentada en torno a su investidura como presidente de Gobierno sin hacer una referencia, siquiera sea mínima, al momento histórico y, especialmente, al contexto político en el que tiene lugar.

(Intervención de Manuel Marín).

Le decía, señor Rodríguez Zapatero, que no resulta posible fijar una posición razonada en torno a su investidura como presidente de Gobierno sin aludir mínimamente al contexto político en el que tiene lugar la sesión de investidura, porque las elecciones del pasado 14 de marzo —y supongo que en esto coincidirá conmigo una buena parte de la Cámara— ha puesto fin al período más aciago de la política española desde que la muerte del dictador, el año 1975, hiciera posible devolver el poder al pueblo. La VII Legislatura ha constituido un auténtico cuatrienio negro para la democracia y las libertades —así lo vemos nosotros— porque tras al falso banderín de una democracia fuerte y sin complejos, que es lo que se nos decía, el partido político en el poder ha abordado toda una contrarreforma del orden fundamental libre y democrático. Esa es nuestra apreciación.

La escandalosa reinstauración del delito político en los últimos días de la legislatura, a través de un procedimiento, como usted sabe, manifiestamente irregular, con la oposición de todas las formaciones políticas de la Cámara y con la crítica prácticamente unánime
de todos los especialistas de derecho penal, sólo ha sido el broche último, final, de una legislatura cargada de despropósitos, en la que la mayoría absoluta ha puesto al descubierto la auténtica faz de una derecha autoritaria e intolerante que acaparó impúdicamente el poder para ejercerlo absolutista y arbitrariamente, despreciando a la oposición, satanizando la discrepancia y descalificando de raíz al oponente en un auténtico ejercicio de depredación política.

Las constantes interferencias del Poder Ejecutivo en el funcionamiento del Poder Judicial, la manipulación sectaria de órganos constitucionales cuyo prestigio y credibilidad dependen fundamentalmente de su capacidad de actuar con arreglo a criterios de imparcialidad, independencia y neutralidad, la permanente limitación de los mecanismos establecidos para el control parlamentario y extraparlamentario del Gobierno, el incesante estrangulamiento de la libertad de expresión y del derecho fundamental a comunicar y a recibir una información veraz, son algunos, sólo algunos, de
los rasgos más negativos de una acción política, en nuestra opinión
funesta, que está en la base, en buena medida, del creciente escepticismo con el que los ciudadanos contemplan la vida pública y el funcionamiento del sistema institucional. El balance no puede ser más desfavorable desde el punto de vista de la calidad del sistema democrático. La división de poderes se ha convertido en una auténtica quimera y no son pocos los ciudadanos que han vuelto a experimentar aquella profunda sensación de desamparo que hace tan sólo unas décadas experimentaron ante los excesos y los manejos abusivos de un poder único —entonces sí que era único, lo que se dividían eran las funciones—, omnímodo e incontrolado, concentrado en muy pocas manos.
Una de las principales aportaciones —fíjense— de la era Aznar a la convivencia civilizada, a la tolerancia, a la libertad ideológica y al pluralismo político, ha consistido en rescatar para el lenguaje político correcto expresiones como las de: rojo, comunista y, por supuesto, la fatídica expresión de separatista, que creíamos definitivamente enterradas entre los recuerdos más sórdidos de la historia contemporánea; de haber recuperado estas expresiones para utilizarlas, curiosamente, con el mismo, exactamente el mismo tono peyorativo con el que lo hacían los próceres del franquismo: ¡Comunista! ¡Separatista! Exactamente igual. Una rancia semántica, una retórica zafia y ramplona, irresponsablemente inducida desde el poder, que parecía querer arrastrarnos de nuevo a la España de los años 40 o quizá más precisamente a la España de los 40 años.

Los responsables de esta gravísima regresión de la convivencia tolerante y democrática juraron también, y lo hicieron solemnemente, la Constitución. Lo hicieron, sí, sí, pero se tomaron tan seriamente su juramento de guardar la Constitución que literalmente la guardaron en un cajón cerrado con llave, arrojando al rincón del olvido los principales valores sobre los que se asienta,
postergando consciente y deliberadamente la libertad, la justicia, la igualdad y, sobre todo, el pluralismo político. El tozudo empeño en banalizar, cuando no en simplificar o en ignorar la enorme complejidad que hoy reviste el Estado español, tanto desde el punto de vista estrictamente político e ideológico como desde el prisma territorial, ha dado lugar a unos modos de hacer política
rígidos, unitaristas, uniformizantes, que se han revelado como absolutamente inadecuados para responder a la heterogénea realidad que pretenden gestionar. Parece que se nos ha dicho: si la realidad es compleja, es variada y es diversa, peor para ella, porque las soluciones a aplicar serán únicas y monolíticas. Así se ha actuado durante cuatro largos años y así nos ha ido.
Tampoco puede decirse que las formas, tan importantes a la hora de medir el talante democrático de los agentes políticos, hayan ofrecido un semblante, digamos, más amable, más respetuoso y más humano. No.
La prepotencia, la soberbia, la arrogancia, salpicadas a veces curiosamente con oscuras notas de rencor, incluso de resentimiento han inspirado un estilo cargado de desplantes y gestos de altanería y desdén; han impuesto unos modos envarados y petulantes que se han ensañado con especial
intensidad en los partidos políticos de la oposición y singularmente en algunos, y además también curiosamente en algunos medios de comunicación, los que no eran controlados por el Gobierno; lo de la moneda, etcétera. En fin, gestos envarados y petulantes como pocos. Se ha impuesto desde el
poder un tono desabrido y hosco, de miradas cejijuntas y amenazantes, que descalificaban a los discrepantes tachándolos, en el mejor caso, de miserables, porque en el peor eran directamente tildados de cómplices del terrorismo.
Muchos ciudadanos han acabado hastiados ante el espectáculo dado por una clase gobernante que no ha practicado la política sino la dogmática, que no ha sabido proponer sino imponer, que no ha gestionado la diversidad sino el sectarismo, que no ha planteado ideas y proyectos sino verdades incontrovertidas, que ha sustituido la pluralidad por un asfixiante pensamiento único del que no se podía discrepar sino para sumergirse irremisiblemente en el fuego del averno.

Sólo en un contexto así, señor Rodríguez Zapatero, sólo a la luz de estos antecedentes se explica el hecho de que los agentes sociales y políticos, entre ellos nosotros mismos, hayan puesto tanto énfasis en resaltar la actitud abierta y la disposición al diálogo y al entendimiento que usted ha querido exhibir tras su triunfo electoral.Sólo en un contexto así y con estos precedentes se puede comprender esta exaltación de la disposición abierta y de la disposición al diálogo y al entendimiento.

Porque el diálogo plural entre contendientes políticos que se respetan y se reconocen mutuamente en lo que cada uno de ellos es, representa o significa es lo mínimo que cabe exigir a un régimen político que se considere democrático, porque lo que define a la democracia como producto de la
civilización es precisamente su designio en procurar la resolución de los grandes conflictos políticos y sociales a través exclusivamente de la palabra, el debate, la persuasión y en última instancia del voto. La disposición a hablar, a contrastar y a debatir no debería ser una cualidad personal de este o
de aquel líder político; no, debería ser algo que se da por supuesto en todos los dirigentes públicos con vocación democrática, porque el diálogo se sitúa en el
quicio mismo de la idea democrática, es —si se me permite la expresión— como el aire que la democracia necesita para respirar. Una democracia sin espacios para el diálogo o es una democracia asfixiada e infecunda o sencillamente no es una democracia. Esto es tan evidente que parece increíble que durante los últimos años alguien haya podido ponerlo en cuestión
impunemente. Esto es tan claro que resulta difícil asumir el hecho de que alguien, en el ejercicio de un mandato democrático, haya podido satanizar el diálogo hasta el extremo de convertir la incomunicación política e institucional en su principal divisa. Es inconcebible, es increíble.

Señor Rodríguez Zapatero, es sobre todo por oposición al viciado clima político que ha imperado durante la última legislatura por lo que hoy se le reconoce a usted un valor que no debería ser, insisto, una cualidad personal, sino una conquista social plenamente integrada en el acervo común y comunitario y compartido de la convivencia democrática. Es sobre todo el contraste con la fatídica situación precedente lo que hace que su talante abierto de hoy se nos presente como una gran novedad y como un gran logro, porque las formas, las actitudes, el estilo, en suma, se han convertido en un asunto de primer orden sobre todo a la luz de la degradación que habían experimentado en los últimos años. Este dato, señor Rodríguez Zapatero, reviste una importancia crucial de cara a su investidura. Por de pronto, el resultado electoral del 14 de marzo
permite abrigar la esperanza —fíjese hasta qué punto soy cauteloso—, permite abrigar la esperanza de que la política, abierta y flexible por su propia naturaleza, no seguirá siendo suplantada por la rígida e inexorable dogmática, de que la democracia no continuará degenerando en un sistema cerrado de verdades incontrovertibles, de que el ideario del partido en el poder, en principio tan legítimo como el de cualquier otro, no volverá a convertirse en el único, insisto, en el único parámetro de la ortodoxia que permite arrollar e incluso destruir al discrepante.

El resultado electoral del 14 de marzo da pie a confiar en que volverá a instaurarse una visión más laica de la política, autoriza a presumir que acabará imponiéndose de nuevo la persuasión de que en democracia la verdad no es de nadie, es siempre compartida. En democracia no hay lugar para los dogmas oficiales y las ortodoxias incuestionables. En democracia nadie tiene toda la razón y precisamente por eso nadie está tampoco absolutamente equivocado. En democracia la tolerancia no es una virtud, es un corolario inexorable de la libertad y el pluralismo. En democracia el juego de las mayorías y el respeto escrupuloso de los derechos fundamentales y las libertades públicas acotan
un terreno en el que la única máxima permitida y admisible es la de la libertad.

Existen razones, pues, para alentar la esperanza de que algo cambiará en la vida política, de que el aire no seguirá siendo tan contaminado como en la última legislatura, de que la relación entre formaciones políticas y entre instituciones gobernadas por diferentes partidos podrá ser más respetuosa y civilizada, de que el pensamiento será libre, discrepar será legítimo y el diálogo no será denostado como un síntoma de debilidad o de claudicación, sino justamente valorado como lo que realmente ha de ser, un eficaz instrumento de la convivencia democrática.

Ahora bien, la gran cuestión que queda en el aire es la de si en esta nueva etapa que usted quiere inaugurar cabe esperar algo más que un mero cambio de estilo y de talante, porque la renovación que usted quiere promover en las formas es necesaria, es imprescindible, diría yo, pero no es suficiente. Son muchos los ciudadanos que aun valorando positivamente el talante abierto y dispuesto que usted exhibe, que aun felicitándose por el hecho de que el terreno
invadido durante los últimos años por la dogmática vaya a ser nuevamente devuelto a la política, se preguntan si usted, señor Rodríguez Zapatero, será capaz de abordar los grandes problemas sociales y políticos que nos afectan desde presupuestos y con arreglo a métodos distintos a los que han venido siendo utilizados durante los últimos años.

Son muchos los ciudadanos que quisieran saber si usted gozará del temple y del coraje necesarios para concebir, para diseñar y, en su caso, aplicar a los conflictos sociales fórmulas nuevas, recetas inéditas; si podrá, en definitiva, demostrar, no ya con el talante, no ya con la palabra, sino además con los hechos, que usted no es más de lo mismo, que ofrece algo distinto a lo que hasta ahora estábamos acostumbrados a ver y escuchar, que viene, en suma,
firmemente dispuesto a innovar y a arriesgar, a ambas cosas —no hay innovación sin asunción de riesgo—, a innovar en el fondo, no sólo en las formas, y además a arriesgar. En Euskadi de manera muy especial son muchos los ciudadanos vascos los que se preguntan si usted, señor Rodríguez
Zapatero, se limitará a poner una sonrisa y un gesto amable donde antes un ceño oscuro con semblante retador se dedicaba a descalificar, a amenazar y a insultar o si será, además, capaz de ensayar métodos y proponer fórmulas políticas novedosas más valientes e imaginativas que las utilizadas
hasta el presente para resolver el problema de normalización política que desde hace muchos años aqueja al País Vasco.

Son muchos, en suma, los que se preguntan si usted constituye de verdad una alternativa o si se trata de la misma alternativa de fondo, eso sí, expresada con maneras más amables. Un escritor catalán y conservador como Josep Pla observó hace años que lo más parecido a un español de derechas es un
español de izquierdas. Es una frase muy famosa que ha pasado ya a los anales de las frases bien construidas. No sé si, al formular esta frase, Pla se limitaba a dar cauce a su cinismo —que era mucho— o si, además de eso, pretendía hacer una constatación empírica, pero es preciso reconocer que no faltarían testimonios del pasado, y aun del presente, que servirían, puestos a ello, para avalar su tesis. Durante estas últimas semanas desde el mundo nacionalista vasco han emergido voces escépticas que asisten sin esperanza a su investidura como presidente del Gobierno augurando, en la línea de lo que ya denunciaba Pla, que a la hora de abordar el problema vasco las izquierdas
españolas serán básicamente lo mismo que las derechas. Es posible —no quisiera, pero es posible— que los hechos acaben dándoles la razón, pero mi comentario —quiero ser justo— no sería exacto ni equilibrado si no hiciera constar al mismo tiempo que la experiencia histórica nos enseña más
bien lo contrario.

Nos recuerda que en el pasado el entendimiento entre el nacionalismo vasco y la izquierda española fue posible. Nos advierte de que, pese a las grandes diferencias que les separaban en todos los órdenes, el socialista Indalecio Prieto y el primer lehendakari de la historia, José Antonio Aguirre, fueron capaces de acordar para el País Vasco un modelo de convivencia que gozó en Euskadi de un amplísimo respaldo popular; un marco consensuado, acordado y fuertemente respaldado en Euskadi que, sin embargo, no fue posible compartir con la derecha españolista, secularmente vinculada, como se sabe, a fórmulas de organización territorial más centralistas. Todo lo contrario.

Este marco de convivencia fue sañudamente perseguido por la derecha españolista, como fruto de un horrendo contubernio que tachó de rojo separatista. Unos epítetos, por cierto —el de rojo y el de separatista— que últimamente han vuelto a resonar en nuestros oídos con una insistencia yo diría que, cuando menos, inquietante.

Señor Rodríguez Zapatero, la expectación creada en el País Vasco tras las elecciones del 14 de marzo es grande —sé que le consta—, pero no es menor el recelo que su triunfo electoral ha suscitado en algunos sectores. Seguro que tampoco esto se le oculta. En sus manos está —y probablemente también en lo que los demás podamos aportar, pero principalmente en las suyas— que la
esperanza consiga ahogar al escepticismo o que, contrariamente, éste acabe imponiéndose finalmente abocando a todos a la desesperanza. Nosotros estaremos prestos a colaborar en todo empeño serio de normalización política que aborde el problema vasco en toda su complejidad, en toda su dimensión y que lo haga con la firme determinación de alcanzar un marco de convivencia
con el que todos los ciudadanos vascos puedan sentirse identificados.

Es algo difícil, por supuesto, pero no imposible porque todos los sondeos y encuestas ponen de manifiesto con elocuente unanimidad que en el País Vasco coexisten diferentes identidades nacionales, total o parcialmente contrapuestas, y en ocasiones hasta encontradas o incluso conflictivas, pero esos mismos sondeos y encuestas revelan de igual modo que, por encima de esas diferencias, la gran mayoría de los ciudadanos comparte una sensibilidad no excluyente sino inclusiva y reclama soluciones concertadas, flexibles y adaptables a la complejidad del tablero político vasco.

Al valorar los resultados electorales del pasado 14 de marzo, una voz, supongo que autorizada, del socialismo vasco afirmaba desde la lógica euforia del triunfo que el veredicto de las urnas demostraba que en el País Vasco no se puede construir nada sin contar con los socialistas. Es posible que no le falte razón, aunque, a nuestro juicio, sea de lamentar el hecho de que la reflexión
—alguien la calificó de advertencia— se haya formulado en términos tan poco proactivos porque hubiese sido más positivo ciertamente, hubiese sido más constructivo y edificante que, en lugar de adoptar una posición tan pasiva y tan inmovilista, como la que queda reflejada en ese nada podéis hacer sin mí, se hubiese expresado una disposición más activa, más dinámica a participar con ideas y con proyectos propios en las decisiones colectivas que hayan de adoptarse para la normalización de la vida política en el País Vasco.

En cualquier caso, es claro que los socialistas serán imprescindibles en la solución del problema vasco, es claro, pero yo iría más lejos. Nosotros pensamos que no solamente los socialistas, todos los ciudadanos del País Vasco son imprescindibles. Pensamos que todos tienen derecho a participar y a hacerse oír en la construcción de un marco político que vaya a permitir una convivencia civilizada basada en la libertad, en la tolerancia, en la justicia y en el respeto de los derechos fundamentales. Nosotros pensamos que nadie sobra en Euskadi, que nadie puede ser excluido ni arbitrariamente marginado del proceso de construcción de la convivencia.

No sobran, por supuesto, quienes más directamente padecen la amenaza del terrorismo intolerante y antidemocrático de ETA, pero tampoco sobra ese 12 por ciento de votantes que en la última convocatoria electoral, fíjese, se han
mostrado dispuestos a renunciar al principal derecho del que disfruta un ciudadano en un sistema democrático que es el derecho de voto, que es el de participar en los asuntos públicos a través de la emisión del voto, se han mostrado dispuestos a renunciar a ese derecho fundamental, básico, nuclear del que el ciudadano goza en un sistema democrático para darse la íntima satisfacción de introducir en la urna una papeleta que decía no a España; tampoco esos pueden ser excluidos. En el proceso de normalización política vasca no se puede prescindir de nadie, ni de los españolistas recalcitrantes, que los hay, ¡vaya si los hay!, ni de aquellos otros, que también los hay, que ni se consideran ni quieren ser considerados españoles.

Esa es la complejidad que nos toca gestionar, ese es el pluralismo al que hemos de responder; una
complejidad y un pluralismo que resultan inasequibles para las fórmulas políticas excesivamente
simplistas, una complejidad y un pluralismo para los que no sirven
las soluciones rígidas y monolíticas del pasado, una complejidad y un pluralismo que sólo pueden
abordarse con éxito desde el presupuesto de que la ciudadanía no es ninguna esencia
predeterminada, sino una construcción social que en una sociedad vasca plural y diversa debe
necesariamente cimentarse sobre esquemas abiertos y flexibles, sobre modelos híbridos de identidad
y de
pertenencia. Ahora bien, si lo que el Partido Socialista quería denotar cuando alguien desde su seno
en el País Vasco afirmaba que sin su presencia nada se puede construir en Euskadi es que los
resultados electorales le garanticen una posición preeminente o incluso arbitral en la normalización
política del País Vasco, permítame formular mi propio planteamiento.
Si algo ha puesto de manifiesto el resultado de las últimas elecciones generales es que el pueblo
vasco demanda soluciones para superar la actual situación de bloqueo e incomunicación; que los
ciudadanos vascos están cansados de tanta crispación y tanto enfrentamiento inútil; que aun en un
contexto electoral, radicalmente bipolarizado a favor de las dos grandes formaciones políticas del
Estado, los electores vascos han primado a las formaciones que más comprometidas están en la
búsqueda de soluciones novedosas e imaginativas para poner fin al conflicto vasco; que cada vez
con mayor intensidad y premura los vascos nos emplazan a la búsqueda
de salidas nuevas, de soluciones originales y, por supuesto, consensuadas, no impuestas, que hagan
posible una convivencia civilizada en el seno de una sociedad tan compleja desde el punto de vista
de los sentimientos de identidad y pertenencia.
En su debate con el señor Rajoy esta tarde usted le pedía que hiciese que el Partido Popular se
implicase, participase activamente, en las comisiones constituidas en el seno de los diferentes
parlamentos autonómicos para promover las reformas de los estatutos correspondientes.
Pues bien, esa misma propuesta le hago yo, pero con respecto al País Vasco. Cuando usted invitaba
al Partido Popular a participar en el proceso supongo que se refería al Parlamento catalán y al
Parlamento andaluz. Eso mismo es lo que yo le propongo a usted
que haga en el Parlamento vasco: que se presente y comparezca en la ponencia con sus propias
aportaciones y proyectos, porque nadie puede ser excluido y hace falta la aportación de todo el
mundo. Queremos escuchar la aportación de todos. Exactamente igual que lo que ocurre en
Cataluña, donde confluyen en la ponencia propuestas presentadas por el Partido Socialista de
Cataluña que, hoy por hoy, no tienen equivalente en Euskadi, pero otras propuestas, mucho más
avanzadas, que casi se parecen al documento remitido por el Gobierno vasco para su debate como
una gota de agua se parece a otra gota de agua, están en la misma ponencia y están siendo objeto de
debate por ustedes en el Parlamento catalán.
No sé qué es lo que hace que sea posible en Cataluña lo que es imposible en Euskadi. Por lo demás,
el Gobierno que usted forme estará abocado a gestionar un Estado plural, variado y diverso, para el
que ya no sirven las soluciones unitarias y uniformizantes
que algunos se han empeñado en imponer. Sólo desde la asimetría y la multilateralidad puede
abordarse en el Estado español una gestión eficaz de los asuntos públicos. Hoy le preguntaban a
usted a ver si asume la asimetría. ¡Pero si la asimetría es hoy ya una
realidad, si es uno de los elementos identificadores del texto constitucional tal cual está! El gran
defensor de la Constitución, el Partido Popular, le pregunta a usted si es partidario de la asimetría.
¡Si la asimetría forma parte hoy del modelo de organización territorial de Estado, es un
requerimiento constitucional! Esa asimetría, esa multilateralidad, son absolutamente
imprescindibles hoy para abordar con eficacia la gestión de los asuntos públicos. No intente
simplificar lo que en sí es complejo. No haga tabla rasa de las diferencias y de los matices. No se
empeñe en nivelar lo que es diverso. No incurra en el mismo error en el que cayeron quienes le
precedieron en el Gobierno. La pluralidad del Estado español no se limita al folklore y la
gastronomía, como algunos quisieran, ni se circunscribe tampoco al hecho lingüístico y cultural. Por
cierto, además de Cervantes, podría haber citado a Orixe, a Auxular, a Rosalía de Castro o incluso
—no sé cómo se le ha olvidado— a Maragall, que hay un Maragall escritor catalán.
La pluralidad del Estado, además de lingüística y cultural es, sobre todo, una pluralidad de carácter
político, que en algunos territorios se extiende, nada menos, que hasta los sentimientos de identidad
nacional o a la entidad misma de las aspiraciones más o menos mayoritarias de autogobierno. Esa
profunda y radical diversidad política, que algunos no acaban de asimilar, hace que el punto de
equilibrio que garantice la convivencia, la fórmula institucional que asegure la disposición a
compartir un mismo proyecto haya de ser necesariamente distinto en unos territorios y en otros.
En un Estado plurinacional, como el español, las soluciones institucionales uniformes están
irremisiblemente abocadas al fracaso, y quien no entienda esto no entiende nada. Lo que es válido
para un territorio no sirve para el otro. Las soluciones que tienen éxito en
una comunidad, no pueden ser automática y acríticamente trasladadas a otra u otras que ofrecen una
diferente textura desde el punto de vista político y social. Esta pluralidad territorial impone un
concepto de ciudadanía abierto y flexible, que desde la asunción de las
diferencias sea capaz de trascenderlas para encontrar espacios comunes de diálogo y entendimiento;
una ciudadanía híbrida, que fomente una democracia de la diversidad; una ciudadanía repensada y
reformulada desde el rechazo de los antiguos dogmas nacionales y las definiciones monolíticas; una
ciudadanía capaz de integrar la pluralidad en su seno y, al mismo tiempo, capaz
de convivir e interactuar con la pluralidad de fuera; en definitiva, una ciudadanía acorde con los
requerimientos de la sociedad abierta y multiforme del siglo XXI.
No se me oculta que a lo largo de esta legislatura la Cámara también registrará voces que, a veces
en nombre de altos designios patrióticos, a veces en nombre de la sensatez y el sentido común, y en
alguna ocasión incluso en nombre de la eficacia de la actuación pública le apremiarán a despreciar
la pluralidad para adoptar soluciones únicas y uniformes; lo harán. Ya apunta en
este sentido una oposición autocalificada de patriótica, que hasta la fecha sólo ha dado muestras de
cerrazón y de incapacidad para encontrar fórmulas concertadas desde el reconocimiento de la
pluralidad. No se engañen, el patriotismo que inspirará esa oposición no será el patriotismo
constitucional, que reconoce la diversidad y respeta el pluralismo, será el patriotismo de la España
esencialista, eterna e imperial.
Será una oposición que se empeñará en traer a la Cámara los ecos ancestrales del imaginario mítico
hispánico más reaccionario
desde Covadonga a los Reyes Católicos, pasando por Rodrigo Díaz de Vivar; una oposición que no
dejará de prevenirle contra los enemigos seculares de España, entre los que, como ya apuntaba el
catecismo patriótico español de Martínez de Ripalda, se encuentran, además del judaísmo y la
masonería, el liberalismo, la democracia, el marxismo y, por supuesto, el separatismo.
Desconfíe de ella, desconfíe de quien se empeña en rememorar las míticas grandezas del pasado con
el designio de sacar a España del rincón de la historia. La experiencia más reciente demuestra que,
además de equivocados, estos delirios imperiales nunca contribuyen a la solución de ningún
problema internacional ni, por supuesto, interno; antes al contrario, son fuente de nuevos conflictos.
La terrible experiencia del 11 de marzo es suficientemente gráfica de los males que una errónea
política internacional puede acarrear en todos los órdenes. El terrorismo es algo abominable y
odioso que siempre hemos rechazado con todas nuestras fuerzas, deshumaniza y envilece a quien lo
practica y atenta contra el cimiento mismo de la convivencia provocando daños terribles que,
además, siempre, sin excepción, son injustos, pero es también un síntoma inequívoco de que algo
no funciona bien en el mundo.
Somos muchos los que el pasado 11 de marzo expresamos nuestra solidaridad con las víctimas de la
masacre acaecida en Madrid
afirmando que todos éramos madrileños o todos íbamos en aquel tren y hoy repetimos aquellas
consignas, con más énfasis si hace falta, pero, como decía Eric Fromm, sólo hay una esperanza de
contener la ola de violencia: tenemos que recuperar la sensibilidad hacia todo lo vivo.
Y nuestra solidaridad con el ser humano sería incompleta si no fuéramos capaces de decir al mismo
tiempo que todos somos Alí, el niño iraquí al que la guerra dejó huérfano y con dos muñones como
brazos, o que todos somos el marroquí que iba en la patera que
todas las semanas se hunde en el Estrecho, dejando tras de sí una dramática estela de sufrimientos y
desesperación.
Comprométase, señor Rodríguez Zapatero, sin aspavientos, sin quimeras imperiales, en la
construcción de un mundo más justo, que no le faltarán apoyos en este Parlamento. Ese sí que sería
un modo atractivo y sugerente de salir del rincón de la historia. Comprométase con la paz y no con
la guerra; comprométase en la resolución de un conflicto que nos afecta muy de cerca, el conflicto
saharaui, que se encuentra enquistado ante la aparente indiferencia de las cancillerías
internacionales, mientras miles de personas padecen una injusta marginación que les humilla como
seres humanos y les degrada como pueblo. En el Estado español, todos, sin excepción, tenemos una
deuda pendiente con el pueblo saharaui, que esperamos pueda abordarse cabalmente a
lo largo de esta legislatura.
Señor Rodríguez Zapatero, concluyo ya. El futuro no está escrito. En nuestras manos está que sea
mejor que el pasado; que no reproduzca los errores ya cometidos ni incurra en los mismos excesos.
Hagamos uso de la libertad para no repetir la historia. La libertad lleva inscrita en lo más hondo de
sí misma la posibilidad del cambio. Sólo excluye el cambio quien niega o quien teme la libertad.
La mejora de la situación depende directamente de lo que estemos dispuestos a comprometer y a
arriesgar —ambas cosas, comprometer y arriesgar— con ese fin. El Grupo Vasco está dispuesto a
abordar el intento. Usted, señor Rodríguez Zapatero,
¿lo está?
Nada más, y muchas gracias.

Escrito por "el hombre máquina" a las 21:54 en . Abril 16, 2004.



Categorías del blog:

Comentarios'

DEVERIAN DE HACER EJEMPLOS CON CASOS MAS GENERICOS OSEA SIN NOMBRES Y TRATANDO DE HABLAR MAS CLARAMENTE

Escrito por ANDRES a las Mayo 11, 2005 03:51 AM

deberian de dar ejempols mas cortos osea no deben de dar ejemplos de discursos muy extensos

Escrito por olinda a las Julio 8, 2005 02:06 AM

los discursos

Escrito por nilton a las Octubre 18, 2005 02:04 AM

hola como estas c9omo te llamas

Escrito por mauricio a las Octubre 19, 2005 07:26 PM

me gustaria q fueran un poco mas divertido para q a la vez de entienda y aprenda mejor.

Escrito por Alex a las Octubre 26, 2005 08:20 PM

quisiera que haga un ejemplo de discurso politico de hoy en dia del Ecuador

Escrito por Johana a las Octubre 28, 2005 01:33 AM

Deberían de mostrar ejemplos de discursos más cortos que no sean tan extensos

Escrito por Adriana a las Noviembre 6, 2005 11:28 PM

Deberían de mostrar ejemplos de discursos más cortos que no sean tan extensos

Escrito por Adriana a las Noviembre 6, 2005 11:30 PM

DEBERIAN DE NO PONER TANTO ROLLO Y IRSE MAS AL GRANO SIN SER UN DISCURSO MUY EXTENSO

Escrito por alan saeel a las Noviembre 15, 2005 04:27 AM

deberian de mostrar otro tipo de discurso como por ejemplo de la naturaleza y que sean mas cortos maximo de 3hojas

Escrito por mariana a las Diciembre 5, 2005 08:18 PM

eeee.... el ejemlo del discurso corto como otras personas dicen , dev ser mas corto y que hable de temas del interes del publico, mayormente publico adolecente. gracias por aceptar mi comentario.
espero que lo consideren

Escrito por ninel a las Diciembre 7, 2005 01:41 AM

CREO QUE NUESTROS AMIGOS DEBEN ENTENDER DE UNA VEZ QUE CHILE NO DARA PASO PARA QUE LE SEDEN MAR A BOLIVIA, YA QUE SE ESTARIA FALTANDO A LA ETICA INTERNACIONAL DE TRATADOS, ES INJUSTO POR QUE UNA BUENA CANTIDAD DE CHILENOS MURIERON POR QUE ESE MAR NOS PERTENECIESE.

NI SIQUIERA POR LA PENA Y LA LASTIMA LE DARIAMOS MAR, AUNQUE ELLOS LO CELEBREN JUNTO CON NOSOTROS Y QUE EVO MORALES HABLE CON BUSH, NO CREEN QUE ESTAN REALIZANDO EL PAPEL DE NIÑO LLORON?

Escrito por SANDRA DUEÑAS a las Marzo 26, 2006 01:43 AM

CREO QUE NUESTROS AMIGOS DEBEN ENTENDER DE UNA VEZ QUE CHILE NO DARA PASO PARA QUE LE SEDEN MAR A BOLIVIA, YA QUE SE ESTARIA FALTANDO A LA ETICA INTERNACIONAL DE TRATADOS, ES INJUSTO POR QUE UNA BUENA CANTIDAD DE CHILENOS MURIERON POR QUE ESE MAR NOS PERTENECIESE.

NI SIQUIERA POR LA PENA Y LA LASTIMA LE DARIAMOS MAR, AUNQUE ELLOS LO CELEBREN JUNTO CON NOSOTROS Y QUE EVO MORALES HABLE CON BUSH, NO CREEN QUE ESTAN REALIZANDO EL PAPEL DE NIÑO LLORON?

Escrito por SANDRA DUEÑAS a las Marzo 26, 2006 01:43 AM

NO DEVERIAN USAR ESE TIPO DE NOMBRES Y NO SER TAN ESTUPIDOS EN ASER ESE TIPODE COMMENTARIAS NI DISCURSOS TAN ABURRIDOS

Escrito por MIGUEL ERNESTO a las Abril 12, 2006 08:23 PM

DEBERIAN DE PONER DISCURSOS MAS INTERESANTES Y CORTOS QUE TRATEN DE ALGO BUENO DE ESPECIAL INTERES PARA LOS JOVENES EN ESPECIAL.

Escrito por Laura a las Mayo 5, 2006 09:31 PM

A mi me pareció un discurso excelente, longitudes aparte...

Escrito por Juana a las Diciembre 16, 2006 05:27 AM

¿Quieres comentar algo? ÚNETE










¿Guardo tus datos?

ESCRIBE TU COMENTARIO