""Se suda mucho matando""

el hombre máquina

Yo he estudiado psicología y he visto que no hace falta ser alguien no normal para cometer las más grandes salvajadas o torturas, o incluso matar. Hay experimentos ("Obediencia a la autoridad" de Milgram) que demuestran como alguien normal puede en nombre de una "causa justa" infligir los peores castigos (incluso hasta matarlo) a un ser humano.
Somos seres racionales. Pero no somos "perfectos" o magníficos. Además de ser tremendamente emocionales y maleables (en el peor sentido del término).


JEAN HATZFELD, PERIODISTA Y ESCRITOR
“Cuanto más rajábamos, más inocente parecía rajar”

Nací en el 1949 en Madagascar y vivo en París. Vengo de una familia de ocho hermanos. Soy soltero y no estudié. Ejerzo el periodismo desde hace 30 años como corresponsal de “Libération”. Soy de izquierdas y agnóstico, pero creo mucho en la gente. Publico “Una temporada de machetes”, Anagrama, sobre el genocidio de Ruanda

IMA SANCHÍS - 03/05/2004

Entre abril y mayo de 1994, vecinos hutus asesinaron a machetazos a alrededor de 50.000 tutsis, de una población de unos 59.000, en la comuna de Nyamata, en Ruanda. Durante dos años me entrevisté con una banda de once genocidas.

–¿Ha comprendido que un campesino mate sistemáticamente a sus vecinos?

–Es imposible de comprender. Yo hago una distinción radical entre guerra y genocidio. Por muy condenable que sea la guerra, siempre hay motivos. Pero el genocidio es un exterminio. Una parte de la población quiere acabar con la otra.

–¿Todos los genocidios se parecen?

–Sí. Suceden al año de haber comenzado la guerra, porque se crea un estado de supresión de los derechos. Hay muchos paralelismos entre el genocidio judío y el tutsi. En ambos casos hay un líder con un discurso claro.

–“Los tutsis están de más en la sociedad.”

–Lo mismo dijo Hitler respecto a los judíos. Los discursos se apoyan en puntos comunes y en ambos casos la población que fue exterminada vivía mezclada y en armonía con el resto de la población.

–“Hasta cierto punto se me olvidaba que estaba matando personas vivas.”

–Eso es lo que dijo Alphonse, campesino y padre de familia. Poco a poco los líderes hutus, utilizando los medios de comunicación, tal como ocurrió en Alemania, fueron creando un clima de desprecio hacia los tutsis que los excluía de la sociedad: no podían formar parte de la policía, ni ser funcionarios.

–De la actitud de los asesinos, ¿qué es lo que más le ha sorprendido?

–Varias cosas. La primera, que fueran gente completamente ordinaria y normal. La segunda es que se tomaran el hecho de matar como un trabajo, con absoluta normalidad. Empezaban a las nueve de la mañana y terminaban a las seis de la tarde, se lavaban la sangre y jugaban alegremente con sus hijos.

–“Cuanto más rajábamos, más inocente nos parecía rajar” (Fulgence).

–Estaban persuadidos de que había un trabajo que hacer: eliminar a un millón y medio de tutsis. Unos trabajaban con entusiasmo, otros en grupo, a otros les daba pereza. Cuando terminaban la jornada iban a recibir su salario y luego se encontraban en el bar. Eso es lo que sorprende: que no han matado como guerrilleros, sino como trabajadores.

–“Algunos se sentían estafados si el tutsi moría sin decir nada. Y por eso ya no herían en las partes mortales, para disfrutar de los golpes y oír sus gritos” (Adalberte).

–En las guerras las víctimas se expresan, se sienten inocentes, quieren que se les escuche. Pero lo que más me sorprendió y me conmovió de las víctimas del genocidio es que se sientan culpables de haber sobrevivido y no quieran explicarlo; quieren desaparecer.

–¿Los asesinos no se sienten culpables?

–A los soldados que han participado en guerras las muertes causadas les pesan. Pero los genocidas no sienten ningún remordimiento, se lamentan de estar en la cárcel, de no ver a sus familias, de haberlo perdido todo. Pero ninguno me habló de las víctimas. Son ellos los que se sienten víctimas.

–Ése es un egocentrismo enfermizo.

–El de gente corriente que durante seis semanas mató regularmente a niños, mujeres, vecinos y amigos de otros tiempos.

–¿Cómo se comportaron los intelectuales?

–En el genocidio de Ruanda, igual que en Camboya o en la Alemania nazi, los intelectuales no se distinguen de los campesinos. “La cultura hace al hombre más eficaz pero no lo hace mejor. Si el corazón del hombre desborda odio, el intelectual se mostrará aún más malvado”, me dijo mi intérprete. La cultura no protege de la barbarie. Lo vimos entre los dirigentes de campos de exterminio que tenían la sensibilidad de apreciar a Chopin y de enseñar latín y griego a sus niños.

–¿Las creencias religiosas tampoco moderan las actitudes?

–No. La sociedad ruandesa, hutus y tutsis, ha sido cristiana muy practicante. Los más practicantes han matado igual que los menos practicantes. Cuando hablaba con los asesinos me paralizaba su inocencia.

–¿Dios estaba de su parte?

–“Nosotros somos creyentes, teníamos un trabajo que hacer: matar a todos los tutsis. No le hemos pedido a Dios que nos ayude a hacerlo, simplemente lo pusimos a un lado mientras duraron las matanzas y luego volvimos a ser buenos cristianos”, me explicaron.

–¿Y los curas?

–No movieron un dedo para detener el genocidio. Uno de los asesinos me dijo: “Los padres blancos huyeron y los padres negros se dividieron entre los que había que matar y los que mataban, y Dios se quedó en medio”. Ni la cultura ni la religión han protegido a la gente. Todos iban a matar. Los curas y los intelectuales tenían algún privilegio, como matar con un fusil en lugar de con machete.

–¿Las mujeres de los asesinos tampoco tienen ningún tipo de conciencia?

–Los hombres iban a matar de la misma manera que van con sus machetes a las plantaciones bananeras. Las mujeres se encargaban de cuidar la casa. No existe ningún caso de una vecina que salvara la vida de un bebé de otra vecina, era la indiferencia total.

–¿No ha visto un atisbo de remordimiento?

–No, ninguno tiene pesadillas, sólo se lamentan del dinero que han dejado de cobrar.

–¿Y todavía tiene fe en el ser humano?

–Sí. Llevo 30 años viviendo guerras y siempre he visto esperanza. El genocidio me ha traumatizado, es el mal absoluto. Y si tú o yo nos pasamos 20 años escuchando que nuestros vecinos son unos indeseables no estaremos a salvo de ejercer ese mal.

Escrito por "el hombre máquina" a las 16:58 en APRENDER (Tags: ) . Mayo 12, 2004.

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