"Cómo destrozar la propia empresa"

el hombre máquina Cómo destrozar la propia empresa

JOSEP M. ROSANAS, AUTOR DE ‘CÓMO DESTROZAR LA PROPIA EMPRESA...’

“Empiece por no escuchar a su gente”
Tengo 58: los años aceleran lo malo o lo bueno que al nacer hay en nosotros. Nací en Barcelona. Llevo 27 años casado, tres hijas: mi mejor empresa. Soy profesor del IESE y catedrático de Organización de Empresas de la Pompeu Fabra. Cuando las mujeres sean mayoría en las direcciones, las empresas mejorarán: ellas tienen menos ego

LLUÍS AMIGUET - 24/06/2004


-¿Es fácil hundir una empresa?

–Mucho. Estamos rodeados de empresarios empeñados en acabar con su negocio. Imítelos.

–¿Tan decisivo es el gestor?

–Llevo 30 años analizando empresas: los suficientes para haber aprendido que, más que negocios buenos o malos, lo que hay son empresas mal llevadas o bien llevadas.

–Así que por rentable que sea mi negocio siempre estaré a tiempo de hundirlo.

–Efectivamente. El factor siempre es la gestión. Un buen negocio mal llevado puede dar beneficios una temporada todo lo más, pero una empresa bien llevada acaba por dar beneficios siempre.

–¿Cómo puedo ir a la quiebra?

–¡Hay muchísimas maneras! Y creo que las he visto casi todas. Pero para llegar a ser un empresario inepto de verdad es necesario haber forjado el carácter desde niño.

–Tener madera.

–No es suficiente con la dosis alícuota de idiotez con que graciosamente nos dota el destino. Un empresario inútil debe haber cultivado con perserverancia desde su mimada infancia la soberbia y sus más perversos derivados: el narcisismo directivo, la persistencia en el error y el ensimismamiento.

–Veo que un buen empresario fracasado debe ser un creído para empezar.

–Sí señor. Él sabe que es único, un líder. Y cuando la situación se deteriora es capaz de encontrar el culpable enseguida antes de caer en la vergonzosa tentación de la autocrítica. Al fin y al cabo, un número uno siempre puede detectar y luego despedir a los inútiles que le rodean, pero antes de despedirse a sí mismo hundirá la empresa, que para eso es suya.

–¿Cómo evitar la creación de riqueza?

–Buscando el beneficio a corto y evitando cualquier tentación de invertir esfuerzo y fondos a largo plazo, de creación de valor para todos y de preocupación por el bien colectivo. Y de ese modo, será fácil que además de fracasar como gestor, pueda ser odiado cordialmente por sus empleados, socios y, si se aplica, hasta por la familia y los amigos.

–¿Son difíciles de encontrar estos seres desvividos por coger el dinero y salir corriendo?

–Son mayoría. Creen que el único fin de una empresa es darles dinero a ellos: son los reyes del pelotazo.Y con el fin de una empresa se acaban también formas de conocimiento y organización irrepetibles.

–¿Cúal es el primer principio de hundimiento empresarial?

–Seguir la moda del mercado. Nada mejor para hundirse lentamente. Esté a la última y acabará siendo el último. Si copia, aunque sea al mejor, acaba siendo como mucho copia mediocre. Copiar es ya ir atrasado.

–Pero, ¿y los estudios de mercado?

–Sólo son buenos si sirven para adelantarse al mercado. Si sólo siguen al mercado, siempre llegas tarde y, de paso, puedes olvidarte de las buenas ideas que tiene tu propia gente. El mercado no lo es todo ni lo decide todo. También están las personas, su equipo.

–¿Más malas ideas?

–La fundamental: ignore a sus empleados. Que trabajen y callen. Usted no les paga para tener ideas sino para que ejecuten las suyas, siempre brillantes.

–Parece fácil ignorar a esos siervos.

–Puede no ser suficiente. Porque, para que una empresa funcione bien, los expertos sabemos que ni siquiera necesita motivar a su equipo: basta con que no lo desmotive. Por eso tiene que empeñarse realmente en que todo el mundo acabe odiando lo que hace.

–Deme ideas para desmotivar empleados.

–Jamás caiga en el error de que le importen las personas que trabajan con usted. ¡Son sus mindundis! Le son prescindibles como seres humanos más allá de su productividad. Cuanto menos vínculo tenga con ellos, mejor. Y si se limita a un contrato de seis meses, en vez de un año, perfecto: dependerán de usted y los tendrá sometidos.

–Voy comprendiendo.

–Hay un secretito que nunca falla. Cuando les haya ninguneado durante meses y años, si es que aún no ha logrado hundir su empresa, deles falsas palmaditas en los hombros y prodigue sonrisas profidén. Eso fastidia mucho y les hará sentirse peleles.

–Tomo nota. ¿Y el accionista?

–Fundamental. Ocúpese tan sólo de crear valor para los accionistas maquillando la cuenta de resultados. ¡Ya verá qué risa cuando descubran que todo es mentira! ¡Todos a la calle y los despidos puede que hagan subir el valor! No se le ocurra seguir el funesto ejemplo de Colleen Barrett en Southwest Airlines, que se vanagloria tontamente de haber superado la crisis... ¡sin despidos! ¿Beneficios sin despidos? Eso es una aberración.

–...Que puede extenderse.

–Me temo que hay hoy muchas grandes y bien llevadas empresas españolas que no hacen contratos temporales: ¡todos sus empleados en plantilla! ¡Y así generan beneficios!

–¡Qué barbaridad!

–Y encima les pagan más que la media en la triste creencia de que un empleado satisfecho trata bien al cliente que repite y esto acaba haciendo feliz al accionista más que cualquier falsa auditoría.

–¿Algún atajo más hacia la bancarrota?

–Sea muy mediático y preocúpese de la fachada de su negocio antes que de la solidez de las vigas. Utilice muchas palabritas acabadas en -ing, inútiles pero muy efectistas: benchmarking, branding, reengineering, ABCcosting...

–¿“Palabring tonting”? ¿Le gusta?

–¡Muy bien! Pierda la cabeza por las ideas mágicas –siempre hay alguna de moda– y olvídese de la gestión callada, discreta y eficaz del día a día. Y, por fin, acabará en la ruina.

SIN SOBRARSE

Si usted tiene que tomar una decisión, una de las viejas teorías de la estratagema es imaginar cuál sería la peor consecuencia de equivocarse.
Si piensa en qué hacer con su vida, comience por imaginarse exactamente qué es lo que no quiere hacer y qué sucedería si errara. Rosanas, que es y ha sido profesor en varios centros de excelencia empresarial, aplica este viejo principio del Sun Tzu al quehacer cotidiano en el mundo económico en el sugerente “Cómo destrozar la propia empresa y creerse maravilloso” (Ed. Granica), y de su lectura y su articulada conversación colijo que la soberbia, hermana de la ignorancia, es la madre de todos los errores, también empresariales.
El de Asís debería ser lectura obligada en nuestras escuelas de negocios

Escrito por "el hombre máquina" a las 13:13 en APRENDER (Tags: ) . Julio 06, 2004.

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