Hoy ha sido un día duro. He dormido 5 horas, me he levantado a las 5:15 de la mañana sin tiempo para desayunar porque llegaba tarde al trabajo. Y como arrastro el llevar bastantes días mal llevados pues mi cuerpo no aguantaba. La media jornada laboral se me ha hecho larguísima, durísima (física y mentalmente) hasta que han dado las diez y diez en mi reloj y mi trabajo ha terminado.
Ha sido el momento de decir "aquí os quedáis, yo no puedo más. Me voy a estar tranquilito, a dormir todo lo que necesito, a tomármelo todo con mucha calma y hacer en cada momento lo que me venga en gana. Sin ponerme obligaciones."
Y así ha sido. Me he ido al vestuario, me disponía a cambiarme cuando me han entrado ganas de cagar. Pensamiento que me ha venido a la cabeza: "ya cagaré cuando llegue a casa que seguro que el water está muy guarro, mi compañero no lo limpia ni cuando le toca hacerlo."
Mal pensado. No hay que pensar porque casi siempre te traiciona. Lo he comprobado con mis ojos y ¡SORPRESA! Estaba limpio.
Igualmente he tomado las respectivas medidas higiénicas oportunas y me he puesto a cagar. Me he quedado muy a gusto. Incluso he aprovechado ese intérvalo de relax para recrearme en esa tranquilidad de saber que el trabajo está hecho y no tengo ninguna obligación, simplemente estar aquí. Cagando, vistiéndome, comiendo... lo que quiera. Sin obligaciones.
He salido del trabajo con mi bocadillo de jamón bajo el brazo y sin pensar he cambiado mi habitual ruta hacia casa. Esta vez he ido en autobús. Cuando me acercaba sinuosamente a la parada, tranquilo, caminaba sientiendo el movimiento de mi cuerpo, sin coacciones, libre, sientiéndolo desde los pies hasta la cintura. Global, fluyente, sin dirección pensada pero segura (hacer no haciendo). Ha aparecido el sol por allí, la fachada de un edificio lo tapaba en parte y por eso dónde yo estaba había sombra. Frío. Pero un poco más allá daba el sol, el calorcito (gustito, justito, cariñito que dice un crack) y me he adentrado en él. He proseguido con satisfacción y he llegado a dónde me imaginaba que estaría la parada de autobús. Y sí, allí estaba. Mi autobús, el 56, paraba allí.
Me he sentado en el banco y que maravilla, la nada por delante (mi trabajo ya estaba hecho: misión cumplida) y yo allí. Comiendo mi bocadillo, saboreándolo -se me hace la boca agua sólo de recordarlo- y tomando el solecito.
Siendo espectador de todo lo que acontecía y consciente de hasta el último detalle, mi mente libre se llenaba de ellos sin buscarlo.
La paz, si existe, para mí eso era la paz. Ojalá lo repita muchas veces.
Notaba el sol en mi chaqueta, que la iba calentando y me daba gustito. Mi cara lo agradecía, dejaba que el calor se apoderase del frío. Y calorcito, y calorcito, y bocadillito, y bocadillito, OHHHH.
Yo notaba el sol allí y lo agradecía. Era consciente de cada uno de los rayos de sol que me llegaban aunque no los pudiese ver uno a uno. Llegaban y yo, vivía ese momento de plenitud. No he mirado al sol porque sabía que estaba allí, lo tenía justo enfrente. Bueno, no lo he mirado porque él no se dejaba. Porque yo quería mirarlo con toda mi devoción y sentimiento de gratitud pero él no me dejaba. Mi vista no soportaba mirarlo. "Si no puedo, pues no lo miro. Él sabrá si no quiere dejarse ver. Tendrá sus motivos".
Si yo por querer saber exactamente en qué consiste esa bola de luz y calor me hubiese obsesionado con mirarlo y mirarlo, para verlo mejor, para que no se me escape ni el último detalle de cómo es... pero, no podía. Es que ni siquiera era -con tanta luz que desprendía- capaz de discernir sus límites, dónde acababa el sol y dónde empezaba el cielo. Por mucho que mirara y mirara sería incapaz, me dolerían los ojos y me quedaría ciego. Esa no es la manera.
Existen otros instrumentos en la actualidad -no en el pasado- que nos permiten tener más información que la ocular sobre el Sol. Bueno, a mí qué!... sólo era un relato personal y un ejemplo. No necesito saber ninguna información "objetiva" para conocerlo mejor. Porque toneladas y toneladas de información nunca podrán hacerme vivir esa experiencia.
Yo creo que algo mismo ocurre con Dios, el arkhé, el Apeiron, el Tao, el Nóumeno o la Puta Vida. Da igual cómo quieras llamarle.
Hay algo y está ahí.
Hoy lo he sentido en su plenitud al Sol pero cada día camino y camino y nunca me acuerdo de que está allí y lo que me ofrece. Es mi problema, no el suyo.